DOSIS DIARIA DE NOTICIAS CURIOSAS

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martes, 1 de noviembre de 2011

Cuando llueven ranas

Charles Fort
Charles Fort.
«A las cinco de la tarde, el cielo sobre la ciudad de Londres estaba en calma. De repente, sin previo aviso, comenzó a soplar un fuerte vendaval que hizo volar sombreros y toldos por doquier. El sol se ocultó y una densa oscuridad cayó sobre las calles. La vista apenas alcanzaba dos pasos. En ese momento, desde el cielo, empezó a caer una abundante lluvia de agua y peces. Durante casi una hora cayeron miles y miles de peces de unos quince centímetros de longitud, de color plateado y grandes aletas. Más tarde, los expertos examinaron aquellos peces pero no lograron identificarlos. Se enviaron muestras a todas las universidades de Inglaterra, pero nadie pudo aclarar a qué especie pertenecían. Finalmente llegó una carta firmada por el decano de la facultad de ciencias naturales de El Cairo, informando de que los peces pertenecían a una especie de agua dulce, que proliferaba en el Mar de Galilea, en Palestina. Nadie pudo explicar cómo habían llovido sobre Londres aquellos peces que los palestinos llaman Pez de San Pedro.»
La extraña lluvia de peces que dejó perplejos a los londinenses un 5 de mayo de 1848 no es ni mucho menos un acontecimiento único. Por todo el mundo y en diversas épocas existen crónicas de lluvias de colores, diluvios de animales —a veces vivos, a veces muertos— y la caída de todo tipo de objetos inusuales, algunos reconocibles, otros extraños y de origen indeterminado.
Charles Fort fue el primer hombre que, entre finales del siglo XIX y principio del XX, comenzó a recopilar recortes de periódicos y crónicas varias sobre lluvias improbables y otras clases de fenómenos sin explicación clara: hoy se conoce a este tipo de sucesos como “fenómenos fortianos” en su honor. Bien es cierto que Fort se limitó a reunir todas las historias bizarras que pasaban por sus manos sin filtrarlas o desechar las más improbables, por lo que la validez científica de su trabajo es prácticamente nula. Es más: el propósito de Fort era precisamente combatir lo que él consideraba un “excesivo dogmatismo científico” presentando un amplio rango de acontecimientos que escapaban a las explicaciones de la ciencia de su tiempo. Pero aunque un buen número de las noticias que recopiló —leídas hoy— resultan inverosímiles o son evidentemente el resultado de meras leyendas populares, no es menos cierto que un porcentaje de aquellos “fenómenos fortianos” ha vuelto a suceder en épocas más recientes y algunos de ellos, incluso, han sido explicados o están en proceso de ser entendidos por la ciencia.
Chaparrón de alimañas
Lluvia de peces
Chuzos de punta.
Las ocasionales lluvias de animales acuáticos no voladores —peces, ranas, cangrejos, sapos, renacuajos, hasta en alguna ocasión cocodrilos pequeños— han saltado periódicamente a las páginas de los diarios en diversos países, incluso en años recientes. Por más que pueda parecer un fenómeno digno de un cuento de hadas, la ocurrencia de estas lluvias es, hoy día, tenida por algo cierto. Si bien no se conoce el mecanismo exacto que las produce, parece lógico pensar que se trata de la consecuencia de algún fenómeno similar a un tornado, que absorbe grandes cantidades de agua en alguna zona húmeda —incluyendo los animales que la pueblan— para después soltarlo todo en forma de inesperada precipitación en alguna otra parte. En algunas ocasiones los animales han llegado a estar vivos, lo cual parece indicar que suele tratarse de un fenómeno relativamente rápido. Aunque, cómo no, cuando los animales son transportados por el vendaval durante mucho tiempo y en capas de aire muy frío, el resultado puede ser muy distinto: que se lo pregunten a aquel pescador coreano que, mientras faenaba en los caladeros de las Malvinas, recibió un insólito regalito del cielo en forma de calamar congelado en mitad del cráneo.
Estas lluvias adquieren a veces un formato casi de pesadilla, especialmente para quienes sean especialmente sensibles a la presencia de ciertos animales o sustancias. Se han registrado, por ejemplo, lluvias de arañas —o una especie de nieve formada por grandes cantidades de telaraña— y de medusas. O también la caída de unas inquietantes babas que resultaron ser, según se cree, huevas de peces o de anfibios. También se han producido lluvias de pedazos de carne y sangre que cabe pensar son producto de un vendaval especialmente violento que no sólo absorbía animales en su embudo huracanado sino que los destrozaba al mismo tiempo. El hecho de que casi siempre se trate de animales acuáticos o de pequeño tamaño, susceptibles de haber sido absorbidos fácilmente por un tornado, fue lo que hizo que muchos científicos terminasen por aceptar las lluvias de animales como algo más que una mera leyenda, especialmente cuando han seguido sucediendo hasta nuestros días, si bien con relativa escasez.
Lluvias de colores y pedazos de hielo
Hielo
Un buen motivo para contratar seguro de lunas.
La precipitación de líquidos de todos los tonos y texturas imaginables también puede responder a explicaciones relativamente razonables, dado que es fácil que la lluvia se mezcle con sustancias en suspensión en la atmósfera. Las lluvias negras y pestilentes debidas probablemente a nubes de hollín ocurrieron alguna vez durante el siglo XX, así como las lluvias con apariencia de sangre que, examinadas más atentamente, parecían contener determinados tipos de tierra o altas concentraciones de óxido.
En cuanto a los grandes pedazos de hielo que caen súbitamente del cielo, no hace falta remontarse a los libros recopilatorios de Charles Fort para encontrar ejemplos sonoros: muchos recordarán la fiebre de los mal llamados “aerolitos” que sacudió España a finales de los noventa. Aunque lógicamente hubo mucho fraude y mucha broma destinada a atraer a las cámaras de televisión, no fue ni la primera ni la última ocasión en que enormes fragmentos de agua helada caían en zonas pobladas antes testigos. El cómo se forman exactamente es algo que sigue siendo objeto de discusión, pero periódicamente se produce la caída de estos imponentes témpanos en alguna parte del mundo y los científicos no discuten la veracidad del fenómeno.
Más discutibles por lo general, aunque también más divertidas, son las crónicas sobre lluvias de objetos bizarros de todas clases. Uno de los ejemplos más clásicos, si hacemos caso a lo que se contaba en las noticias del momento, son las lluvias de monedas antiguas. En la URSS se publicó la noticia de una repentina lluvia de dinero en metálico procedente del siglo XVI. Incluso en plenos años sesenta, en Alemania, un hotelito de montaña fue repentinamente bombardeado por un chaparrón de ¡rupias y maravedíes! Evidentemente, esta clase de lluvias despiertan bastantes mas sospechas sobre su autenticidad, aunque la idea de que un tornado absorba monedas de un galeón hundido en vez de simplemente llevarse peces y medusas, tiene su gracia. También en Alemania, aunque casi cien años antes, se había producido una lluvia de lo que en un primer momento parecían pepitas de oro. Para desencanto de los lugareños, las supuestas pepitas no eran tales: no sólo tenían un extraño olor, como de algún animal, sino que una vez analizadas demostraron ser meros conglomerados de nitrógeno y amoníaco.
Combustión espontánea y otras excentricidades
Combustion
La combustión espontánea perjudica seriamente la salud.
Contra todo pronóstico, algunas de las lluvias extrañas que Charles Fort narró para intentar poner en aprietos a los científicos han sido aceptadas por la propia ciencia, pero eso no ocurre con otros fenómenos que en su época se consideraron posibles. La “combustión espontánea” era tal vez el más inquietante de todos ellos: hablaba de la posibilidad de que un ser humano ardiese repentinamente y quedase reducido a cenizas sin motivo alguno. En una época donde el estudio de los procesos químicos aún resultaba novedoso para la gente de a pie, muchos llegaron a creer que por diversas causas —altibajos emocionales, fiebre, etc.— un cuerpo humano podía desencadenar un mecanismo de auto-ignición: un momento estabas tranquilamente leyendo el periódico, y al momento siguiente eras pasto de las llamas. Hoy sabemos que tal cosa es completamente imposible, pero en tiempos de Fort se pensaba que la combustión espontánea no era tan improbable y contribuyó bastante el que algunos autores sensacionalistas falsificasen fotografías escalofriantes en donde se veía una mano o un pie junto a un montón de cenizas.
También las desapariciones espontáneas (individuos que ante testigos simplemente se disolvían en la nada) eran un fenómeno popular en la época que ha quedado relegado al campo de la leyenda, así como la bilocación (personas que eran vistas a un mismo tiempo en diferentes lugares), los “viajes atrasles” o la levitación. Hoy no son fenómenos científicamente aceptables, pero en aquellos tiempos no eran pocos quienes intentaban buscarles una explicación física racional.
Más ambiguos son los avistamientos de extraños objetos celestes —lo que hoy llamaríamos OVNIs— de los que Fort también daba buena cuenta en su tiempo, incluso antes de la fiebre por los platillos volantes desencadenada en plenos años cuarenta. Obviamente, los avistamientos de objetos voladores no identificados son a menudo reales y han continuado siendo un fenómeno popular, pero generalmente se deben a que el observador no sabe identificar ese objeto, que la mayor parte de las veces es un fenómeno u objeto completamente explicable por causas naturales o humanas. Por si alguien tiene dudas de hasta qué punto puede ser extraña la naturaleza, está uno de los fenómenos más fascinantes recopilados por Fort: las esferas luminosas.
Los “rayos en bola”
Rayo globular
Supuesta fotografía de un rayo globular.
Imagine el lector que camina tranquilamente por el campo y aparece a baja altura una extraña esfera de luz, extremadamente brillante, que se mueve de un lado a otro de una forma que por momentos parece seguir patrones casi inteligentes. El lector, asustado, empieza a correr para huir de la aparición y de repente a la esfera le da por perseguirlo. Sí, suena extremadamente fantástico y en principio parece una de las muchas leyendas fortianas que carecen de una base racional.
Sin embargo, los rayos globulares no son un mito de épocas pasadas. No sólo han sido observados con posterioridad a los registros de Fort, sino que en alguna ocasión han llegado a ser registrados en video. Aunque no existe una explicación definitiva de cuál es el proceso que los origina, los científicos han aceptado su existencia y saben perfectamente que se trata de un fenómeno eléctrico aberrante, producto por lo general de un clima tormentoso, o pre-tormentoso.  De hecho los rayos globulares, o fenómenos muy similares, han sido reproducidos en laboratorio. Incluso algunos de sus inquietantes patrones de movimiento resultan fáciles de explicar: por ejemplo, cuando persiguen a alguien se debe únicamente al efecto de succión del aire que provoca el movimiento brusco de la persona: un efecto que conocerá bien quien haya jugado con petardos deslizantes de pequeño.
Naturalmente, cabe imaginar el asombro de los testigos de semejante fenómeno en tiempos previos a la comprensión de los fenómenos eléctricos: incluso en tiempos de Fort, la existencia de un rayo globular se consideraba científicamente imposible. No es de extrañar que hubiese gente que identificase esas esferas de luz con espíritus, demonios o seres sobrenaturales. A quien suscribe le mostraron una vez la filmación de un rayo en bola —era una cinta de vídeo antigua, no digital—y la verdad es que, aunque resultaba evidente su naturaleza eléctrica, no es menos cierto que su aspecto y su forma de desplazarse eran francamente inquietantes. Un rayo globular dura bastante más que un relámpago, y tan pronto se desplaza como permanece inmóvil, lo cual es algo que no asociamos mentalmente a una descarga eléctrica normal: por eso solía causar asombro e incluso pánico.
El padre de los fenómenos paranormales
Fortean Times
Revista Fortean Times
Aunque de forma algo exagerada, es así como se bautizado a menudo a Charles Fort. Lo que sí es cierto es que fue el primero en recopilar exhaustivamente crónicas de todos estos fenómenos, aunque como decíamos lo hacía sin ningún rigor científico, ni aun siquiera un mínimo rigor periodístico. Simplemente reunía todo el material que pudiese obtener sin importarle demasiado la credibilidad o verosimilitud de las fuentes.
Pero no es de extrañar que emplease un método tan acientífico cuando su propósito fundamental era el de poner en evidencia a la propia ciencia. Si bien parece que Fort no se inventaba fenómenos, tampoco se molestó nunca en comprobar la veracidad de los mismos. Era un coleccionista, no un investigador. Y su credulidad no tenía límites, dándole como le dio crédito a la mencionada combustión espontánea, la levitación, la “teleportación” (término inventado por él), etc. De todos modos, su trabajo sirvió de base o al menos de antecedente para el desarrollo de toda una serie de disciplinas “paranormales” de diverso pelaje, como la ufología o la criptozoología (el estudio de animales raros cuya existencia se considera improbable desde la ciencia). Hasta existen algunas sociedades “forteanas” dedicadas al estudio de estos fenómenos, e incluso se publican algunas conocidas revistas como Fortean Times.
Como suele ocurrir en estos casos, el hecho de que algunos —sólo algunos— de los fenómenos descritos por Fort hayan sido aceptados por la ciencia moderna, hace que algunos quieran extender la validez a otros fenómenos. Sin embargo, dada la enorme cantidad y diversidad de asuntos recopilados en sus libros era simple cuestión de probabilidad el que alguno de esos temas tuviese una base real y científicamente aceptable. En futuros episodios analizaremos algunos más de estos fenómenos: desde los fraudes flagrantes hasta ciertos hallazgos que, aunque parecían contradecir toda lógica, resultaron tener fundamento científico. Mientras, y ya que estamos en otoño, asegúrese de llevar un paraguas hecho de una tela consistente: ya sabe, en cualquier momento podría empezar a llover ranas.
FUENTE: jotdown.es/

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